“Éramos tan distintos. Casi que me enamore de él por sus aspectos únicos, inigualables. Ningún hombre le llega a los talones a ese hombre que me quiso como nadie. Se que me quiso porque de las pocas veces que me miraba a los ojos, se notaba que lo sentía bien, correcto, etéreo, puro. Su amor por mi era puro como el aire. Y hablábamos, discutíamos, pero nos sentíamos tan a gusto estando juntos que esas diferencias, la distancia, no hacía más que unirnos un poco más. Sonreía y era casi imposible que él no lo hiciera al unísono. Claro como el agua, claro como el cielo azul, claro estaba lo que teníamos, se veía, me veían y me decían que estaba claramente enamorada y por más que lo negué sin cesar, en un punto ya ni me gastaba en explicarme, todos sabían de vos sin siquiera conocerte, sin haber tenido la gracia de ver tus ojos, esos ojos que aún hoy me enamoran. Ya no nos hablamos, ya no nos une el destino pero estoy segura de que si nos encontramos, si nos miramos otra vez a los ojos, si acaso te atrevieras a mirarme… (Caeríamos otra vez en las trampas que nosotros mismos tejimos.)

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